Lugar en donde creo un mundo inexistente a partir de la propia inexsistencia con la fuerza vital de la existencia de todos los que quieren existir

2 sept. 2009


Caminé por el descampado con impaciencia después de las clases,Crucé el umbral de mi casa, a mi grito de “hay alguien” no me respondió nadie.
Mi abuela me esperaba, la descubrí en el que desde hace un par de años era su sillón. Medio calva y sorda perdida, dormida con la cabeza hacia atrás dejando a la gravedad ponerle una terrible mueca de pánico, es más, esta había conseguido sacarle parte de la dentadura de la boca y una baba parecía querer rendirse a sus efectos. Arrugando el entrecejo, suspiré y me encaminé a la cocina sin comprobar si todavía tenía pulso, tampoco me quitaba el sueño.
Mi abuela me había dejado un tupper gallina descuartizada y asada cariñosamente al horno con patatas fritas, que no tuve otra opción que tirar a la basura, no tenia hambre de mierda.
Arranqué un buen pedazo de papel de plata y me fui a mi cuarto.
Cerré con pestillo y encendí la cadena con mi programación de música preferida: eso me gustaba. El ritmo radicalizaba mis sentimientos, me sacaba de esa nube de indiferencia en la que estaba metida constantemente.
Apoyé la cabeza contra el espejo observando mi cuerpo. Mi visión me acarició subiendo por los talones, al ritmo tocaba mis piernas pasando hasta las rodillas. Me tumbé en la cama al lado del espejo, estiré la mano hasta el cajón de la mesilla disfrutando de la visión en el espejo de mis pechos elevándose con el gesto y tanteé hasta coger una pequeña bolsa de terciopelo rojo.
Introduje el dedo cogiendo con la uña una punta de esa escarcha delirante que me sacaba de aquel estupor. Y, subiendo el volumen de la música, lo vertí cuidadosamente sobre el papel de plata; se me aceleraba el pulso cuando mi dedo acciono el mecanismo del mechero que hizo rozar la yesca provocando que la chispa abrazada por el gas estallara en una llama que lamía con cariño el envés del papel.
Así dándole la espalda al espejo apoyando rodillas y codos sobre la colcha, absorbía aquel delirio hecho humo que escapaba crujiendo, mientras de reojo observaba como mi posición había dejado al descubierto la mitad de mis nalgas y mi tanga negro, que siempre esperaba ocasiones como esa bajo el uniforme.
Fijándome en mi trasero, descubrí como inconscientemente marcaban el latido de la música en mi cuerpo. Yo, seguía tragando aquel éxtasis.

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